Juro que no lo conocía, era mi primera vez. Le llaman las Tejas…
Es un lugar rústico, mal oliente a ratos, pero pintoresco. Es como la versión moderna de La Piojera, que por lo demás también los identifica el terremoto… Cuando entré, la música rancherística me impactó un poco la verdad, donde la mayoría del público eran “abuelitos”, ebrios y sonrientes. Cosa que cuando los miras, piensas que son felices y que no tienen nada que les pese a sus espaldas, como que viven una vida perfecta inmersos en el copete y la orina…
El asunto, es que quería destacar ese famoso y reconocido bebestible… - no soy entendido en lo que respecta a esa infusión- pero de que tiene algo misterioso y particular… lo tiene! Me compré un terremoto de medio litro, lo probé y ya con el primer sorbo sentí la dureza y agresividad de aquella pócima. Mezclé rápidamente el helado de piña para que pasara más piola y logré terminármelo. Fue tremendo, con un solo vaso quedé totalmente ebrio, jamás me había pasado algo similar…
… Luego, dentro de mis capacidades, se me ocurre mirar a mi alrededor y el panorama no cambiada mucho. Veía conductas que no las había visto nunca de mis compañeros (futuros kine-ebrios), risas que sobrepasaban de lo permitido, conversaciones que se excedían de mi pudor permitido, por lo que más tarde, a medida que pasaba la hora empezaron a sacar sus celulares con sus cámaras futuristas integradas… y comenzó la orgía de fotos grupales, duetos, solitarios, etc…
Después de todo, de haberlo visto todo, de haberlo oído todo, de haberlo reído todo, quedé pensando la brutalidad del licor que nos vendieron, fue macabro, me gustaría saber que sustancia X le agregan. Para así transformarlo en una pequeña “happy pill” y metérmela a la boca, ponerme en mode off un rato y olvidarme de tanta bazofia circulante.
Que Dios nos pille confesados al momento de ir a las Tejas…
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